—Aquí se respira mal— dijo con la voz entrecortada y fatigada—. Hay una nube de humo que lo inunda todo y no acierto a ver nada. La sala estaba repleta de gente y, en un instante, no recuerdo cuándo, todos huyeron despavoridos. Sin embargo, no importa; no temo la soledad, ni la indiferencia, ni siquiera temo el tiempo que tarde en empezar a sentir el primer calor o el que pase hasta que carbonice mis últimos huesecillos. No temo apagarme si es lo que los astros me tienen preparado. Sé que nadie acudirá a mi rescate y no habrá lágrimas ajenas o propias que extingan este sufrimiento. Mis alaridos han de ser mudos para sus pabellones y, enmudeciendo poco a poco, se convertirán en ecos de lo que nunca será crimen.— Paulatinamente, fue acercándose a las llamaradas, tal vez, para acortar ese lapso, el único lapso que no temía, como en un simple e insignificante acto de autodestrucción masiva. En medio de la decadente escena, lo último que vislumbró fueron tres figuras: la más alejada, inalcanzable, le dedicó unas sinceras palabras que mostraron el aprecio que le guardaba; la siguiente, intentó besar su frente, pero los fogonazos le chamuscaron la piel; y la más cercana, aun a tiempo de salvar su vida, agachó la cabeza evitando así cualquier contacto y corrió. Sólo corrió. Entonces, envuelta por el fulgor, lloró. Sólo lloró lágrimas de bencina que lo avivaron haciéndolo tan grande como habían sido su esperanza y su dicha días atrás. Desapareció en un culmen estelar, en un anticlímax cósmico de luz cárdena.
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